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viernes, 18 de enero de 2008

El amor en los tiempos del cólera

(Casi lo mejor de la película: los títulos...)

"- Sigamos derecho, derecho, derecho, otra vez hasta La Dorada.
Fermina Daza se estremeció, porque reconoció la antigua voz iluminada por la gracia del Espíritu Santo, y miró al capitán: él era el destino. Pero el capitán no la vió, porque estaba anonadado por el tremendo poder de la inspiración de Florentino Ariza.
- ¿Lo dice en serio? -le preguntó.
_ Desde que nací -dijo Florentino Ariza-, no he dicho una sola cosa que no sea en serio.
El capitán miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de una escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites.
- ¿Y hasta cuándo cree ested que podemos seguir en este ir y venir del carajo? -le preguntó.
Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.
- Toda la vida -dijo".

G. García Márquez

jueves, 6 de diciembre de 2007

Hablando de bueyes perdidos


A lo lejos, los dos batientes de una ventana se abrieron hacia afuera en lo alto. Los brazos de un hombre, muy delgado y débil a aquella altura y a aquella distancia, se lanzaron bruscamente hacia delante. ¿Quién era? ¿Un hombre bueno? ¿Era uno? ¿Eran todos? ¿Alguien que tomaba parte en su desdicha? ¿Dónde estaban los jueces a los que nunca había visto? ¿Dónde estaban los tribunales ante los que nunca había comparecido? La lógica, al parecer inquebrantable, no resiste a un hombre que quiere vivir. "Como un perro", dijo. Y era como si la vergüenza debiera sobrevivirle (Final, citado de memoria, de El proceso de Kafka).

...y para decir simplemente lo que se aprende en medio de las calamidades, que hay en los hombres más cosas dignas de admiraciíon que de desprecio(...). Al escuchar, en efecto, los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux recordaba que esta alegría estaba amenazada. Ya que sabía lo que la muchedumbre alegre ignoraba, y que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste nunca muere ni desaparece, que puede quedarse durante decenas de años adormecido en los muebles y en la ropa, que espera pacientemente en lñas habitaciones, los sótanos, los pañuelos, los papeles, y que, quizás, llegaría un día en que, para desgracia y enseñanza de los hombres, la peste despertaría sus ratas y las enviaría a morir en una ciudad alegre". (Final, citado de memoria, de La peste de Camus).

Al ver llegar la muerte, a la que siempre había tenido tanto miedo, dijo en las tinieblas, como si a ellas se dirijiese: "A ti encomiendo mi espíritu" (Final, citado de memoria, de Barrabás de P. Lagerkvist).

Palabra en un idioma extranjero: "Espíritu" (Final de la película El silencio de I. Bergman).